Recuerdo mi querida escuela, un edifico grande y bien conservado; sus paredes hermosamente engalanadas, como esperando en el primer día de clases dar la más grata bienvenida a todas sus alumnas sobre todo aquellas que llegaban por primera vez a formar parte de ella. En el trayecto desde mi casa por aquellas calles de mi antiguo barrio, se respira en el aire un conocido aroma a muros de adobe resecos y acacias; la diferencia la hace, el estimulante olor a cuadernos nuevos forrados, estuches plásticos y al tan anhelado bolsón de cuero café con hebillas. Casi llegando a la esquina de las calles Roberto Espinoza y Copiapó en el portón del colegio, alcanzaba a distinguir los emblemas patrios, el escudo nacional y la bandera tricolor, colgando sobre un asta y flameando levemente con la suave brisa del mes de marzo. En el umbral se encontraba la Señora Irma, la sub-directora con la prestancia y seriedad que deben tener todas las directoras de los colegios… pensaba yo. Un poco mas atrás, los auxiliares: la Señora Adrianita, Don Manuel y Don Lalo, apodado el gruñón; con sus uniformes impecables indicando a las alumnas y apoderados el camino hacia el gran patio, donde se realizaría la formación para después dirigirse hasta sus respectivas salas, por supuesto, después de participar brevemente del característico acto que se realizaría todas las mañanas.
Mientras camino observo sus paredes, altas y frías; sus largos pasillos embaldosados y brillantes. Me parece tan enorme y hermoso. En mi mente, me pregunto para qué tantas salas, y para qué tener hasta una clínica dental dentro del colegio. Con el correr del tiempo lo sabría. Al llegar al patio descubrí lo hermoso y grande de mi colegio, mis pequeños ojos y mi corta edad lo veían majestuoso. El gran patio estaba formado por un angosto y largo jardín, en el que había plantados unos altos y frondosos árboles, también enredaderas. En el centro, se extendía una cancha de maicillo, que servía para la formación, para revistas de gimnasia y como cancha de babyfútbol y baloncesto; a sus costados observaba los altos postes de cemento que sostenían sus respectivos tableros, de los cuales colgaban sus aros y cestas; en sus esquinas grandes grifos de agua.
Su dependencias, de tres pisos, formaban como una C, con pasillos en los que podía observar las puertas de dos hojas de las salas de clases; sus largos corredores, balcones, terrazas y de cuando en cuando, bellos murales relacionados con las letras de los maravillosos poemas de Gabriela Mistral. Incluso hasta ahora recuerdo aquellas lindas imágenes, dignas del mejor grafitero. En el segundo piso, justo en el centro del pasillo, se encontraba la oficina de la dirección donde siempre estaba la seria directora. Frente a esta oficina colgaba una hermosa y sonora campana, que nos avisaba diariamente, los esperados y entretenidos recreos, y nos saludaba y despedía como una especial amiga. A un costado del patio y ubicado perpendicularmente, en relación con la oficina, se encontraba el salón de gimnasio: en el había un gran afinado piano negro con candelabros, no recuerdo la marca, quizá Beschtein o Warror, que se utilizaba en cada clase de gimnasia para acompañar el coro y en cada acto del colegio. Aunque, para ocasiones muy importantes, ocupaban otro piano que mantenían guardado en una sala especial. El piso del salón estaba totalmente revestido de un fino parquet de madera, totalmente encerado, que también servía de teatro y cine: con un escenario de grandes telones digno de la mejor sala que hoy exista. Sobre el se ubicaba la cocina y los comedores, donde cada mañana, La Elianita, una señora enorme y ágil que parecía la reina de las mamás, repartía en el comedor leche con chocolate y galletas para aquellas niñas que lo necesitaban, que casi siempre eran de mas escasos recursos, entre cada jornada de clases, servía el apreciado almuerzo. Para subir o bajar desde un piso a otro, habían unas anchas y centrales escaleras y como sorpresa, a parte de existir salas ocultas y secretos patios de luz, también existían escaleras laterales que emergían de puertas y salas chiquitas por donde ninguna de nosotras quería transitar y que daban rienda suelta a todo tipo de historias y fábulas dignas de las mejores historias de terror.
Fueron casi nueve años de asistir diariamente a este establecimiento en donde viví mis primeras experiencias de estudiante. Hay momentos en que cierro mis ojos, movida por sentimientos de añoranza de aquellos años, vuelvo a revivir esa época, pero ahora como espectadora de mi vida, de la vida de una pequeñita que ahora es una mujer. La fisonomía natural evidentemente va cambiando a diario con el paso de los años, y años tengo muchos. Aún así, el paso del tiempo inexorable no ha cambiado totalmente mi esencia, tampoco el cariño que siento por aquellas queridas compañeras, de las que guardo los mejores recuerdos; sus caras, algunos nombres…Ketty Vílchez, Teresa Fabregat,Etc. Todavía hoy tengo contacto con mas de una de ellas.
Mis profesoras, mis amadas profesoras recuerdo también sus caras, sus nombres y asignaturas. Maravillosas mujeres que me guiaron desde mis primeros pasos y me vieron crecer hasta aquel último día, cuando sus ojos parecían profundamente tristes, cuando con un beso en la mejilla y un íntimo y profundo abrazo, que aún perdura en el tiempo, le dieron el adiós a la niña, haciéndola caminar por el mismo pasillo por donde ingreso por primera vez para ahora dar los últimos pasos y cerrar tras de sí una hermosa etapa y aquella gran puerta para no regresar más.
