martes, 17 de mayo de 2011

La Radio nuestra entrención

Corrían los años 60 y a parte de la compañía de mi familia, amigos del barrio y de los entretenidos juegos, solo la radio era nuestra única gran entretención.
Despertábamos y nos dormíamos con ella encendida escuchando su novedosa programación, sobre todo, con los radio teatros, impresionaba la forma en que estos nos hacían soñar y  trabajar nuestra imaginación. Las emisoras mas importantes de la época eran Minería, Agricultura, Portales, Corporación Cooperativa, Chilena.
Despertaba  muy temprano con los sonidos de las noticias el Reporteresso http://youtu.be/Tsyi6-62SqE, después del desayuno,  mientras preparaba mi bolsón, oía, Confidencias de un espejo http://youtu.be/UHIBAr863M4, poco antes de ir almorzar, escuchábamos Radio Tanda y la Bandita de Firulete  http://youtu.be/UTJNBag38AM, un poco después, Lo que cuenta el vientohttp://youtu.be/wwhR0aG_5WI, no me gustaba escucharlo sola, habían historias que a veces me daban miedo. Alrededor de la una, minutos antes de irme al colegio, comenzaban a transmitir, Hogar dulce hogar http://youtu.be/LFgYItQq2cg, ya de noche, transmitían otros programas como Dr.Mortis http://youtu.be/t5ABPpsorbg , la Linterna Roja http://youtu.be/SXYeUuZjXJs, La tercera oreja. Entre programa y programa, aparecían las tandas comerciales de esos años y también la música de moda en esos años http://youtu.be/RuomjaW-Xng.












martes, 10 de mayo de 2011

Terremoto Marzo de 1965

Era una mañana de domingo, Marzo de 1965, habíamos ido a la feria  de calle Gálvez, mientras mi abuela y mi  tía se quedaban en casa preparando el almuerzo. De vuelta, fuimos con mi mamá a comprar a la panadería de Don Francisco y luego pasaríamos a la carnicería de Don Raúl, estábamos atravesando la calle Lord Cochranne para hacer nuestras últimas compras, cuando comenzó a moverse fuertemente  el suelo, miraba asombrada a la gente, que corría muy asustada de un lado para otro en medio de  las calles y muchas otras salían de sus casas.
 El movimiento fue haciéndose más intenso,  mi madre me tomó en sus brazos, mientras yo miraba con mucho temor, como los hermosos y firmes faroles se estremecían, los muros de ladrillos y  adobe  de las casas, parecían doblarse, uniéndose unos con otros, mientras el  polvo y la tierra, envolvían las calles sacudidas por el terremoto.

Escuela de Niñas Nº 150 Simón Bolivar (Santiago de Chile)

Recuerdo mi querida escuela, un edifico grande y bien conservado; sus paredes hermosamente engalanadas, como esperando en el primer día de clases dar la más grata bienvenida a todas sus alumnas sobre todo aquellas que llegaban por primera vez a formar parte de ella. En el trayecto desde mi casa por aquellas calles de mi antiguo barrio, se respira en el aire  un conocido aroma a muros de adobe resecos y acacias; la diferencia la hace, el estimulante olor a cuadernos nuevos forrados, estuches plásticos y al tan anhelado bolsón de cuero café con hebillas. Casi llegando a la esquina de las calles Roberto Espinoza y Copiapó en el portón del colegio, alcanzaba a distinguir los emblemas patrios, el escudo nacional y la bandera tricolor, colgando sobre un asta y flameando levemente con la suave brisa del mes de marzo. En el umbral se encontraba la Señora Irma, la sub-directora con la prestancia y seriedad que deben tener todas las directoras de los colegios… pensaba yo. Un poco mas atrás, los auxiliares: la Señora Adrianita, Don Manuel y Don Lalo, apodado el gruñón; con sus uniformes impecables indicando a las alumnas y apoderados el camino hacia el gran patio, donde se realizaría la formación para después dirigirse hasta sus respectivas salas, por supuesto, después de participar brevemente del característico acto que se realizaría todas las mañanas.
Mientras camino observo sus paredes, altas y frías; sus largos pasillos embaldosados y brillantes. Me parece tan enorme y hermoso. En mi mente, me pregunto para qué tantas salas, y para qué tener hasta una clínica dental dentro del colegio. Con el correr del tiempo lo sabría. Al llegar al patio descubrí lo hermoso y grande de mi colegio, mis pequeños ojos y mi corta edad lo veían majestuoso. El gran patio estaba formado por un angosto y largo jardín, en el que había plantados unos altos y frondosos árboles, también enredaderas. En el centro, se extendía una cancha de maicillo, que servía para la formación, para revistas de gimnasia y como cancha de babyfútbol y baloncesto; a sus costados observaba los altos postes de cemento que sostenían sus respectivos tableros, de los cuales colgaban sus aros y cestas; en sus esquinas grandes grifos de agua.


Su dependencias, de tres pisos, formaban como una C, con pasillos en los que podía observar las puertas de dos hojas de las salas de clases; sus largos corredores, balcones, terrazas y de cuando en cuando, bellos murales relacionados con las letras de los maravillosos poemas de Gabriela Mistral. Incluso hasta ahora recuerdo aquellas lindas imágenes, dignas del mejor grafitero. En el segundo piso, justo en el centro del pasillo, se encontraba la oficina de la dirección donde siempre estaba la seria directora. Frente a esta oficina colgaba una hermosa y sonora campana, que nos avisaba diariamente, los esperados y entretenidos recreos, y nos saludaba y despedía como una especial amiga. A un costado del patio y ubicado perpendicularmente, en relación con la oficina, se encontraba el salón de gimnasio: en el había un gran afinado piano negro con candelabros, no recuerdo la marca, quizá Beschtein o Warror, que se utilizaba en cada clase de gimnasia para acompañar el coro y en cada acto del colegio. Aunque, para ocasiones muy importantes, ocupaban otro piano que mantenían guardado en una sala especial. El piso del salón estaba totalmente revestido de un fino parquet de madera, totalmente encerado, que también servía de teatro y cine: con un escenario de grandes telones digno de la mejor sala que hoy exista. Sobre el se ubicaba la cocina y los comedores, donde cada mañana, La Elianita, una señora enorme y ágil que parecía la reina de las mamás, repartía en el comedor leche con chocolate y galletas para aquellas niñas que lo necesitaban, que casi siempre eran de mas escasos recursos, entre cada jornada de clases, servía el apreciado almuerzo. Para subir o bajar desde un piso a otro, habían unas anchas y centrales escaleras y como sorpresa, a parte de existir salas ocultas y secretos patios de luz, también existían escaleras laterales que emergían de puertas y salas chiquitas por donde ninguna de nosotras quería transitar y que daban rienda suelta a todo tipo de historias y fábulas dignas de las mejores historias de terror.
Fueron casi nueve años de asistir diariamente a este establecimiento en donde viví mis primeras experiencias de estudiante. Hay momentos en que cierro mis ojos, movida por sentimientos de añoranza de aquellos años, vuelvo a revivir esa época, pero ahora como espectadora de mi vida, de la vida de una pequeñita que ahora es una mujer. La fisonomía natural evidentemente va cambiando a diario con el paso de los años, y años tengo muchos. Aún así, el paso del tiempo inexorable no ha cambiado totalmente mi esencia, tampoco el cariño que siento por aquellas queridas compañeras, de las que guardo los mejores recuerdos; sus caras, algunos nombres…Ketty Vílchez, Teresa Fabregat,Etc.  Todavía hoy tengo contacto con mas de una de ellas.
Mis profesoras, mis amadas profesoras recuerdo también sus caras, sus nombres y asignaturas. Maravillosas mujeres que me guiaron desde mis primeros pasos y me vieron crecer hasta aquel último día, cuando sus ojos parecían profundamente tristes, cuando con un beso en la mejilla y un íntimo y profundo abrazo, que aún perdura en el tiempo, le dieron el adiós a la niña, haciéndola caminar por el mismo pasillo por donde ingreso por primera vez para ahora dar los últimos pasos y cerrar tras de sí una hermosa etapa y aquella gran puerta para no regresar más.


Nuestro primer día de Clases


La noche del último día domingo de vacaciones, estábamos todos realizando los preparativos, para nuestro primer  día de clases, el ritual nocturno comenzaba con el baño,  no todos teníamos la suerte de adquirir atuendos nuevos, muchos de mis amigos, heredaban cosas ya usadas de sus hermanos, sobre todo en esos tiempos,  el dinero no era tan abundante y nuestros padres tenían trabajos sencillos.
Las niñas, se vestían con sus jumpers  de color azul marino, sus blusas y  delantales extremadamente blancos,  las cintas para sus trenzas, o el cintillo de poliamida, también blanco para lucir sus cabellos ordenados.  Los niños, vestían sus pantalones grises, camisas  bancas y sus mamelucos de color beige, todos los niños y niñas, con sus zapatitos negros, nuevos o usados,  brillantemente lustrados.  Dejábamos preparados nuestros bolsones, con el  estuche nuevo lleno de  lápices, uno o dos cuadernos con sus forros de papel,  la bolsita para llevar nuestras merienda de recreos, casi siempre compuesta de sandwich y frutas.  Esa tarde participaron menos chiquillos en los juegos,  esta vez el  encuentro fue muchísimo más corto, todos estábamos empeñados en preparar todo. Las jornadas de estudio, mañanas o tardes las designaba la escuela,  para algunos sería su primer día de colegio y los kindergarten solían salir  más temprano.


 No todos íbamos a estudiar en el mismo colegio, los amigos esta vez  quedaríamos repartidos, muchas niñas nos fuimos a la Escuela Nº 150 Simón Bolívar (Roberto Espinoza),  la mayoría de los niños a la Escuela Nº 6 Suecia (Lord Cochranne), otros pocos a la Escuela Olea (Avda. Matta), a la Escuela Francisco Arriarán (Avda. Matta con San Diego),  a la Escuela Nº 1 La Campana (San Ignacio), y Juanita Aguirre (Nataniel Cox). Todos colegios muy cercanos a mi barrio. 

  

Antiguo Diciembre

En esta tarde calurosa de Diciembre cerré mis ojos por un largo rato, dejé a mi mente trasladarme  a  años pasados, hasta mi querido barrio, me veo de pié en medio de ambos pasajes, sobre esa calle empedrada donde corríamos mas de una treintena de niños y niñas divirtiéndonos con un sin fin de juegos,  los que acostumbramos en esa época. Es una tarde del último mes del año,  de otro diciembre en vísperas de navidad. Todos los niños del barrio anhelábamos encontrar  la mañana del día 25  bajo el árbol de pino natural que impregnaba su aroma en nuestra pequeña casa de altos muros,  algún regalo que nos trajera el viejo pascuero.
Ahí me encuentro, bajo el cielo despejado de un día soleado, giro en círculo observando las casas de la cuatro esquinas, las puertas de las casas de la Señora Haydé, la puerta de la casa de Don José Catrín el zapatero, la ventana de la Señora Panchita, y la ventana de la casa de los abuelos de la Enilde, miro aquellos ladrillos rojizos que albergaban unas cuantas arañas saltarinas, las que solían ser también entretenidos juegos para los chiquillos y sobre la cornisas que adornaban los muros cercanos a los techos una gran cantidad de amigables palomas, de variados colores que con el sol mostraban su hermoso plumaje tornasol. De los muros  de la casas que se enfrentaban en los pasajes colgaban cada ciertos metros cables con coloridas ampolletas semejando guirnaldas que los propios vecinos instalaban. Estos arreglos eran organizados por el  Club Deportivo Brasilia,  que nos preparaba también  para las mañanas de navidad las mas entrenidas competencias, carreras alrededor de la manzana, (por las calles Roberto Espinoza, Cóndor, Lord Cochranne, Eyzaguirre, Roberto Espinoza), carreras de ensacados, cucharada con el huevo, pies amarrados, etc., premiando a los ganadores. Luego por la tarde junto al gran árbol de navidad que se instalaba en mi pasaje se hacían competencias de baile, y se  nos preparaban también deliciosas onces con helados y bebidas para todos los niños del barrio. Que maravilloso era ver llegar hasta esa gran y larga mesa a todos mis vecinos, mis amigos y amigas con sus ropitas impecables, sus caritas alegres y limpias y perfectamente peinados. 


El incendio mas grande de nuestro vecindario.

Eran casi las cuatro de la madrugada, desperté sobre saltada, escuchaba gritos en la calle. Mi mamá y mi papá se levantaron y se vistieron rápidamente, mi tía y mi abuela hicieron lo mismo. Mientras mi madre me arropaba, veía como el pequeño patio de mi casa, estaba totalmente iluminado con un destello rojizo, el cielo se veía de la misma manera, los gritos angustiados de los vecinos se hacían cada vez mas numerosos. Me tomaron en los brazos y salimos al patio, nos dirigimos hacia la puerta de calle mientras miraba hacia los techos interiores. Una  densa nube de humo negro y rojo se elevaba hacia el cielo, era inmensa y terrorífica. Salimos hasta la calle, todo el ambiente estaba impregnado de aroma ocre.  Se oían las sirenas de los carros de bombas, una tras otra fueron llegando, mientras su ulular se hacía ensordecedor, casi todos las compañías acudieron al llamado. Los bomberos se iban desplegando a medida que llegaban. Todos, niños y adultos, mirábamos con desconsuelo el horrible espectáculo que acontecía. Estaban incendiándose  las casas de nuestra calle. Al otro lado de Lord Cochranne, la panadería "La capital" corría gran peligro, las llamas estaban siendo controladas solamente por el cortafuego. Don Pancho, su dueño, se veía desesperado, no emitía palabra, solo esperaba el milagro de no ser alcanzado por las enormes y amenazadoras llamas.  No recuerdo si fueron cuatro o cinco casas de altos y bajos, pero el fuego ya había consumido el hogar del Audía, el amigo de mi papá y socio del club deportivo. Mi viejo y los vecinos corrieron a ayudar, era importante  salvar a las personas y sus enceres,  muy poco fué lo que pudieron hacer, entraban y salían con una que otra cosa que pudieron rescatar, sus dueños miraban entre sollozos el horrendo  cuadro. El calor era tan grande, que hacía imposible siquiera, estar  en frente de las casas que se incendiaban, construidas casi un centenar de años antes, su madera, ladrillo y adobe se consumieron rápidamente, ayudadas con el combustible de las cocinas y estufas que se usaban entonces. Uno de sus moradores y su señora,  ya no recuerdo sus nombres, resultaron gravemente quemados, falleciendo más tarde su esposa  en la asistencia pública. El fuego fue extinguido, cuando ya habían transcurrido muchas horas de esa fatal mañana.


Tarde de distracción

Recuerdo una tarde de juegos,  aquella loza de cemento con sus cunetas, cubriendo gran parte de la calle empedrada de mi pasaje. El club con ayuda de los vecinos habían trabajado duramente para construirlo y utilizarlo en la celebración de navidad, año nuevo, y fiestas patrias. Ahora nosotros no habíamos adueñado de él, para hacerlo el lugar predilecto de nuestros juegos.  Las rondas, el tombo, ha llegado carta, Paco y ladrón, el alto, el luche, las naciones, el caballito de bronce, buenos días amigos, corre el anillo, el alto, corre corre la guaraca, caballo de Troya, el cordel, la payaya, las escondidas, el pillarse y otros tantos pasatiempos eran nuestros diarios encuentros, ¡que maravilla era jugarlos y que participasen todos!, las risas, las discusiones, los gritos y vítores a menudo se hacían demasiado molestos para los que se encontraban en sus casas. El gran rectángulo de cemento, abarcaba desde las ventanas de la casa de la Chela y por en frente la del Beño, incluyendo mi casa, la de La Señora Lidia, hasta casi las puertas de la casa de la Alicita y por en frente la de Don Emilio. No existía ni el tiempo, ni el clima, ni los enojos de los vecinos, todo se detenía para nosotros, multitud de niños pobres y ricos a la vez, que gozaron de una niñez  abundante de compañerismo y  solaz.