martes, 17 de mayo de 2011

Salvados Providencialmente


Había pasado un par de semanas, el toque de queda se había reducido, ya podíamos salir a las calles algunas horas, tres primero y al correr las semanas unas siete aproximadamente, para después dejarlo solo para las noches. Fueron tiempos delicados, los patrullajes militares continuaron por meses, en la noche se podían escuchar los disparos, carreras de personas, frenadas bruscas de los jeeps.  Alguno que otro incidente pudimos observar, personas arrancando por entre los techos, ocultándose en las casas vecinas, disparos, despliegues de militares y efectivos de  entidades de inteligencia tras de ellos. Los detenidos detenidos iban aumentando y los allanamientos de casas y los operativos de identificación también, hubieron casos en los que algunos jóvenes del Club, estuvieron involucrados por no respetar el toque de queda. Sus protagonistas, El Chueco Nano, y el  Nano (El  Moto).
Una noche, como la segunda o tercera semana después del golpe, se quedaron varios amigos del barrio en la casa del Chuequito Nano, a jugar naipes toda la noche, solo como entretención, algunos de ellos, Nelson Ibarra, (el Rucio Ibarra), Loco Mario, Jorge Bastias, y otros. De verdad era aburrido estar encerrados tanto tiempo y como nuestros pasajes eran tan apegaditos, algunos de ellos pensaron, que solo era cuestión de atravesar la pequeña calle Lacunza, para pasar hasta el otro pasaje y entrar a sus casas. Así lo hicieron, con tan mala suerte, que  en la esquina de Lord Cochranne,  estaba apostada una patrulla de soldados que corrieron a detenerlos, porque pensaron que estaban tramando algo, además de infringir la ley de toque de queda. A partir de ahí, comenzó una pesadilla, sacaron a los dueños de casa y a todo el grupo de jóvenes, que estaba entreteniéndose. Una vez reunido a todos los involucrados, después de interrogarlos a cerca de lo que hacían, y de la identidad de cada unos de ellos, comenzaron a golpearlos brutalmente, no hubo poder humano, que pudiera hacer entender al militar que estaba a cargo, que los dejara ir, ni que les siguieran pegando, salían vecinos, vecinas a explicarles, rogarles, pero a punta de fusil, de amenazas y garabatos los hacían entrar. Los golpes eran tan brutales, que los hacían doblarse hasta caer al suelo, se daban vuelo de una vereda hasta la otra para golpearlos, fueron largos minutos de pavor para todos los que ahí vivíamos, los pusieron de espalda a la pared y ordenó a los soldados alinearse para disparar, se escucharon los sonidos de los fusiles que se preparaban para la circunstancia, los ruegos,  gritos y llantos de mis vecinas y de mi madre hacía más terrorífico el momento, yo cerré nuevamente mis ojos, mientras escuchaba la voz de ese enloquecido soldado, esperando que solo diera la orden de acabar con  ellos, de improviso se escucho una frenada seca y un grito de otro militar con mas rango que obligaba detener el salvaje castigo, reprendiéndolo lo hizo alejarse del lugar. Tomaron a los que habían sorprendido en la calle y los llevaron detenidos, para dejarlos votados lejos en medio de la calle, de la noche  y del toque de queda. Gracias a Dios todos volvieron a salvo al día siguiente.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     
El Moto otro chiquillo del barrio, estaba casado y vivía a la vuelta de Lacunza en calle Lord Cochranne, casi en frente a la panadería de Don Pancho, en una casa de dos pisos, a él y a su señora los sorprendió otra patrulla que estaba escondida en la oscuridad, al salir de la casa vecina a la suya, después de haber ido a ver un  programa de televisión. Esa noche, durante el toque de queda, justo en el momento que salieron de la casa de sus vecinos y cerraron la puerta, al quedar ellos en la  calle, sin poder abrir la puerta de su casa, tampoco sirvieron las disculpas y explicaciones, los iban a detener a los dos, hasta que repentinamente permitieron que ella entrara a su casa, llevándolo solo a él detenido, con destino al  Estadio Chile. Estuvo mucho tiempo desaparecido, nadie sabía noticias de él, hasta el día en que regresó a su casa con una larga cabellera y una abundante barba, también lo soltaron en medio de la noche, teniendo que quedarse escondido  hasta la mañana siguiente, bajo los escombros y las grandes perforaciones de calle Castro donde se estaba construyendo lo que hoy es la carretera Norte Sur, una vez  finalizado el toque de queda que fue anunciado por la cantidad de personas que circulaban a esa hora.
















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