martes, 17 de mayo de 2011

11 de Septiembre 1973

Eran las ocho de la noche del  Lunes 10 de septiembre, mis compañeras  y  yo  habíamos dejado todo listo para el día siguiente; teníamos todo ensayado para el acto del día del maestro,  bailaríamos ¨Ata una cinta amarilla al viejo árbol¨. Los preparativos estaban listos para el coctel  que ofreceríamos a nuestras profesoras;  contábamos con una rica torta de hojas y manjar. Cursaba octavo básico y ese sería el último año en que estaría en mi amado colegio.

http://www.youtube.com/watch?v=rBL2kzKg4nY&feature=player_embedded


Esa noche me encontraba  muy cansada deje mi ropa y 
bolsón listos. Después del baño me fui  a dormir, sin
imaginar lo que viviría a partir de la mañana siguiente. 
Cuando desperté, muy temprano, esa mañana once ya todo
 era distinto, el miedo y desesperación se apoderaron de mi
familia. Ya no habría acto, ni coctel, ni clases. Mi padre se
veía muy preocupado,  estábamos solo mi abuelita, él y yo. Mi
madre había acompañado a mi tía abuela a las cercanías del
barrio Franklin a cobrar su jubilación. Eran las nueve de la
mañana, las calles  y veredas  estaban  llenas de personas que
 caminaban hacia distintos lugares. Los micros y buses ya no
 circulaban por las arterias principales,  todas las casas del
 barrio tenían las radios  encendidas —escuchaban  Radio
 Minería—. La mayoría de las personas que trabajaban o
 estudiaban ya estaban de vuelta. 

Deseaba que mi mami y mi tía  vinieran  por esas calles familiarmente  conocidas, queanduvieran presurosas, que corrieran hasta mi calle. Los negocios y almacenes cercanos cerraron sus puertas. Cerca de las diez de la mañana las viviendas de mi barrio temblaban. Mis vecinos, con sus caras serias, corrieron hacia la esquina para ver el motivo de ese raro movimiento. Por calle Lord Cochrane comenzaban a circular jeeps, camiones llenos de uniformados  y  grandes tanques en dirección  a la Alameda. Observé en los ojos de mi gente conocida, susto, pena, rabia.  Alrededor de las diez  y media, las puertas y los postigos de las ventanas  de las casas del  vecindario comenzaron a cerrarse. Los adultos se miraban unos a otros sin decir palabras,  pero se podía sentir, como tantas otras veces, el interés de que todos estuviésemos bien. El anuncio de la radio me congeló la espalda, a las once de la mañana la Moneda sería  bombardeada, mi papá ya  se encontraba al borde de la desesperación: quería ir al encuentro de mi mamá y mi tía que no llegaban, pero tampoco podía dejarnos solas  a mi abuelita enferma y a mí.
Estábamos ubicados como a siete cuadras del regimiento Tacna y de los Arsenales de Guerra y  a tan solo cinco cuadras de la Moneda, faltaban quince minutos para las once y solo mi puerta  continuaba  abierta. Unos gritos se escucharon desde la calle Roberto Espinoza,  mientras en medio de los pasajes,  una voz potente y dura ordenaba que todos entraran a sus casas, cerraran sus puertas y se mantuvieran en ellas. Mi puerta fue la única que se mantuvo entre abierta.  Entonces  vi  que mi papá se apresuró a explicar al uniformado lo que nos ocurría, y que las esperábamos,  mientras él lo apuntaba con su fusil.  Pensé que me quedaría sola, y lloré, lloré de terror. Mientras me escondía tras el marco de la puerta que se abrió de par en par, rogué a Dios que mi mamá y mi tía llegaran en ese momento y que mi papá se devolviera. Tomé  valor para mirar de nuevo. En ese mismo instante mi papá llegaba hasta nuestro umbral, miré hacia la esquina de mi pasaje, cuando, sorpresivamente, doblando hacia mí, venían dos personas  muy apegaditas,  que parecían volar: eran ellas.  Mi papá las tomó a ambas para entrarlas a la casa, en el mismo instante en que, rápidamente, y con un  ruido ensordecedor,  pasaban los aviones. Observé el horizonte: sobre los techos y los edificios una  gran nube de humo negro se alzaba hasta el cielo, cerramos tristemente  tras nosotros la puerta,  al mismo tiempo  en que empezaban los enfrentamientos. Comenzaron a escucharse incesantemente desde todas partes. Eran sonidos extraños, desconocidos hasta ese momento. Algunas películas bélicas vimos en los cines de calle San Diego, o en la televisión, pero esos sonidos, aunque parecidos, no se comparaban en nada a la realidad que estábamos viviendo: ráfagas de ametralladoras, disparos de fusiles, miles de balas silbaron en nuestros techos, los  estruendosos disparos de cañones de bazookas y tanques eran impresionantes. El fuego de los fusiles  no cesaba,  todo ese día, toda esa noche,  día tras día, noche tras noche, por semanas.
Ciertamente en la noche  esto recrudecía.  Los tanques y vehículos militares  circulaban por las calles principales de mi barrio. Eran dias críticos, la radio y la televisión transmitían himnos del ejército y bandos del gobierno militar. La televisión, cada cierta hora, mostraba dibujos animados: solo Leoncio el león y Tristón, La tortuga Dartagnan y Don Don, pero la mayor parte del tiempo, solo emitían bandos del ejército con largas listas de nombres de personas, fotografías de ellas y muchas advertencias.


Ese mismo día se decretó estado de sitio y se dispuso la ley marcial. El  toque de queda no permitía salir de nuestras casas; tomábamos té a toda hora y comíamos lo poco y nada que alcanzamos a comprar y guardar antes del golpe.  Todos estábamos encerrados, nada sabíamos de nuestros vecinos, menos sabíamos de nuestros familiares y amigos. Ahora nos hallábamos solos, pero mi familia, providencialmente unida. ¿Cómo podía estar ocurriendo esto en mi país? A mis cortos trece años la angustia  aun no me abandonaba, pensaba en los que se habían quedado en la calle, en los que no estaban en sus hogares, en aquellos que eran perseguidos, en los que eran detenidos, en los jóvenes militares que estaban afuera disparando; pero sobre todo en aquellos para quienes iban dirigidas las balas. Anhelaba que esto terminara pronto, que nada peor pasara y que mi Chile volviera a ser mi dulce patria.
















































1 comentario:

JENNY VILCHES QUIROZ, Roberto Espinoza 433 dijo...

estimada bloggera, y a quienes te siguen en el blogg, quisiera invitarles a participar del grupo que se ha formado gracias a Angélica Escobar, de personas que vivimos y pasamos nuestra infancia y adolesciencia en el Barrio, un espacio al igual que este blogg que nos permite rescatar nuestras raices, vivencias, y dejar ademas en la net un poco de historia, el antiguo casco de Santiago ya casi ha desaparecido, y por tanto estamos perdiendo un poco de historia de nuestro Santiago Centro querido que nos albergo por tantos años, el grupo se llama LOS QUE VIVIERON EN BARRIO PLAZA ALMAGRO, yo como siempre seguiré visitando el blogg que me encanta y sorprende